
Esa noche mis papás empezaban a entrenarse en la realidad de ser papás, aprendiendo a cambar pañales y a interpretar lo que pasa cada vez que lloro.
Esa noche ninguno durmió mucho, pues cada 2 horas yo hacía el respectivo llamado a "restaurante" (como dice mi abuela Ma. Victoria) y entre la posición de amamantada y la preparación de todo tipo de instrumentos para el cambio de pañales durabamos poco más de 1 hora, así cuando volvíamos a la cama ya casi era hora de volver a levantarse.

Bueno al final de una agotadora noche empezamos a entendernos y creo que gracias a eso las cosas han venido mejorando.
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